martes, 29 de agosto de 2017

Los niños lobo



Continuando con la consideración sobre la relación entre comunicación e inteligencia, nos centraremos en este capítulo en como la falta de comunicación puede afectar el desarrollo de la personalidad y la inteligencia. Para ello vamos a considerar casos extremos de niños que han sido privados del normal contacto humano y que  han sido contactados años después. ¿Se puede recuperar y adapatar esta persona a la sociedad? ¿Pierden inteligencia o capcidades cerebrales? 
Las discusiones sobre este tema llevan siglos, algunos opinan que estos se convierten en meros animales irracionales y quedan limitados para toda su vida. Ya vimos que no es así en el caso de los nacidos con deficiencias visuales y auditivas, incluso en los casos de parálisis cerebral, el cerebro se abre camino e intenta por todos los medios absorber todo lo que le comunica su entorno, utilizando cualesquier sentido que el funcione. Pero ahora vamos a centrarnos en otros casos bien diferenciados, casos de verdadero y completo aislamiento involuntario o forzado, considerando algunos ejemplos documentados, de niños privados de la comunicación a tierna edad.
Los famosos “niños lobos”, serían aquellos que han sido privados del trato humano, alimentándose en selvas o bosques, como cualquier animal salvaje. Se trata de niños abandonados o perdidos, criados por animales o como tales, que no llegan a desarrollar jamás la capacidad intelectual de un niño criado en un ambiente normal. Por lo general, los casos de sobrevivientes en estas circunstancias superaban los cuatro años. No hay pruebas científicas que certifiquen la leyenda de “niños lobo”, en el caso de personas que siendo bebés, menores de tres años hayan sido criados por animales sin la relación o intervención de otros seres humanos, pues difícilmente podría sobrevivir un indefenso bebé sin una experiencia previa, ya no solo por la comunicación humana, sino por el hecho de ser totalmente dependiente de un ser inteligente que lo cuide, alimente y proteja. Imaginemos por un momento un niño con menos de ochos meses, que apenas puede moverse por sí mismo, que no tiene instinto de protección, ni capacidad para buscar alimento de manera independiente o segura y que no sabría interactuar ante el peligro de bestias que lo considerarán una presa fácil y no alguien a quien cuidar. 

En el caso de un bebé de poco menos de un año, tampoco tendría muchas más ventajas, es posible que ya se pueda poner en pie, y dar sus primeros pasos, incluso andar, aunque con cierta dificultad, pero el grado de consciencia sobre su entorno y su innata curiosidad le acarrearía serios peligros de llevarse a la boca algo venenoso o de acercarse a una situación que ponga en peligro su vida, sin contar que sería improbable para este buscar alimento o agua. Entre uno y tres años, el aprendizaje y la capacidad del niño depende y es directamente proporcional al grado de afecto y atención y educación que haya recibido. Pero en el mejor de los casos, un niño de dos años tampoco distinguiría entre un alimento admisible y un potencial veneno, eso en el supuesto caso de encontrarse en una selva tropical, donde el alimento abunda, si hablamos de un bosque septentrional la cosa se complica más, pues no es fácil en esos lugares obtener alimento o agua fácilmente.
Ahora bien, supongamos que nuestro niño abandonado o perdido se encuentre en una selva, cargada de posibilidades para la subsistencia, y este pequeño tenga más de tres años, por supuesto el grado de posibilidades para salir vivo de esto está relacionado con la edad, no hace falta ser un experto para concluir que a mayor edad, más posibilidades tiene el joven de sobrevivir, independientemente de si algún animal le proteja o no.
En la época de la ilustración algunos filósofos como  Kant suponían la existencia de estos hipotéticos casos de niños criados sin el contacto humano desde muy tierna edad, y con ello pretendían demostrar que la naturaleza buena del hombre primitivo le hacía mostrar cualidades humanas, a pesar de carecer de conocimiento, religión o normas morales. En la parte opuesta tenemos a Descartes, quien formulaba que el desarrollo mental humano necesita de incentivos o de estímulos para desarrollar la inteligencia y la consciencia y que sin una enseñanza previa, jamás se desarrollaría espiritualidad o pensamiento religioso, metafísico o filosófico.
A lo largo de la historia se encuentran numerosas  leyendas y cuentos que nos hablan de personas criadas por animales, principalmente lobos y osos. En la epopeya de Gilgamesh, aparece un curioso personaje llamado Enkiddu, que fue encontrado por un cazador en estado salvaje, pues al parecer había sido criado por animales del bosque.


La tradición de Roma atribuye su fundación a dos “niños lobos” Romulo y Remo, los cuales siendo abandonados de pequeños fueron alimentados con la leche de una loba. En la literatura y sobre todo en el cine, abundan temas relacionados con estos, como Tarzán, Mowgly y muchos otros, casi todos tienen en común, niños perdidos por su familia que después son criados por los animales salvajes, convirtiéndose en uno más entre estos. Pero existen realmente muy pocos casos atestiguados de verdaderos niños salvajes, es muy citado el caso de las niñas de la India, Amala y Kamala, aparecidas en 1920.

Se decía que habían sido criadas por lobos y maullaban como tales, tenían una visión nocturna superior a los humanos y olían los alimentos antes de probarlos. La imposibilidad para enseñarles a leer y escribir o su dificultad para su socialización, fueron mostradas como prueba de que de alguna manera, la inteligencia es un proceso cultivado por la socialización del individuo. Sería ese un caso que pudiera ser definitivo, si no fuera porque más tarde se demostró que ambas fueron abandonas por sus padres por mostrar síntomas de autismo y retraso mental severo. 

Un caso opuesto a este y muy conocido, fue el del español Marcos Rodríguez Pantoja, nacido en Añora, en plena Sierra Morena andaluza. Según parece, nació en 1946 en la dura época de la postguerra española y europea, la época más crítica para una población empobrecida y no recuperada aún de la contienda de los años treinta. Siendo huérfano de madre y el menor de tres hermanos, no recibió educación alguna, y fue explotado desde tierna edad, cuidando cerdos y otros animales de la pequeña granja que su progenitor tenía a su cargo. Más tarde, cuando la situación se agravó, fue vendido por este a un viejo pastor de cabras, cuando apenas contaba con seis años. Tampoco recibió cariño ni atenciones propias de su niñez y el pastor, medio ciego y en sus últimas, le daba a comer carne cruda. Parece ser que apenas un año después, el pastor no volvió y Marcos quedó abandonado en plena sierra. Así que con siete años, se encontró solo y desprotegido, sin embargo con suficiente edad e inteligencia para dedicarse a cazar pequeños animales, ocultándose en una choza abandonada. Por supuesto, la poca experiencia en la vida y el miedo lo llevó a refugiarse en una cueva, donde curiosamente coincidió con una loba y sus lobeznos, él empezó a darles comida y jugar con estos, y pronto la loba lo consideró uno más de la manada. Permaneció así durante doce años de su vida, sin ninguna clase de contacto humano, aprendiendo los instintos caninos de los lobos y manteniendo una especial relación con los animales salvajes. 


Cuando fue descubierto por la guardia civil a instancias de un granjero que denunció su aparición en las montañas, apenas sabía articular palabra, su cabeza estaba cubierta por una melena que le llegaba a la cintura, unas largas uñas en pies y manos, piel curtida llena de cicatrices y vestido con pieles de venado.
Claro que en este caso, atestiguado y estudiado a fondo, los resultados del contacto humano, aunque escaso, pero al menos lo tuvo en sus primeros seis años de vida, y esto no conllevó efectos tan profundos como cabía esperar en otros casos. La falta de uso, provocó que olvidara en parte el idioma, pero tan solo bastó unos pocos meses para recuperarlo. Con el tiempo pudo llevar una vida normal, adoptó costumbres humanas, tuvo un empleo y  su vida incluso se ha llevado al cine. Tuvo que ampliar su vocabulario, pero mantenía la base de las nociones sobre el idioma, ya que no fue privado de comunicación en sus primeros años de vida, por tanto, si bien es un ejemplo de la adaptabilidad humana a situaciones extremas y el resultado de un aislamiento prolongado en el comportamiento y la sociabilidad de una persona criada entre animales salvajes, no demuestra del todo que la inteligencia esté directamente relacionada con la sociabilidad. 

Tenemos otro caso más llamativo y en el que el abandono fue a menor edad, se trata del niño ugandés John Ssabunnya, nacido en los difíciles años 80 en un país desgarrado por la violencia y la guerra civil. En 1988, cuando tenía tres años de edad, presenció la muerte de su madre a manos de su padre y huyó internándose en la selva, aunque algunos conocedores de aquel suceso afirman que en realidad fue su padre quien lo abandonó allí, lo cual parece más cercano a la realidad, tratándose de un pequeño de apenas tres años. En cualquier caso fue adoptado por una familia de chimpancés, conocidos por “monos verdes”, (Chlorocebus sabaeus). Según cuenta él mismo, estos le ofrecieron plátanos, yucas y otras frutas. Pronto aprendió a trepar por los árboles y los monos lo aceptaron como uno más de su grupo. Dormía en hojas de plátano y no recordaba beber nada, parece ser que todos los líquidos que contenían las frutas eran suficientes para hidratarlo. Pasó de esa manera alrededor de tres años, pues cuando fue encontrado se le calculó una edad aproximada de seis. Según se cuenta, lo encontraron desnudo y con signos de desnutrición, los monos, en un intento por protegerlo, lanzaron palos y piedras a los rescatadores y el niño se escondió en un árbol.
El pequeño no era capaz de comunicarse con los humanos y le costó adaptarse a la alimentación caliente que le ofrecieron. Los médicos que lo examinaron determinaron que realmente se trataba de un verdadero niño salvaje. Pero su adaptabilidad no fue imposible, aprendió en un orfanato a caminar erguido, a hablar y comer como los humanos y dormir en una cama, se le dio un nombre, pues nunca logró recordar el que le pusieron sus padres. 

Sin embargo se descubrió que tenía un don especial y era su fina voz, lo cual le llevó a unirse con el tiempo al coro del orfanato. También se destacó como buen deportista y lideró a su selección como capitán del equipo de fútbol, en lo que se puede decir fue una sorprendente recuperación. La clave en este caso era que aquel niño había recibido atenciones en sus primeros tres años de vida, el cariño de la madre y una convivencia normal, y eso supuso una buena base para su posterior recuperación como humano, pese a que cuando lo encontraron había pasado la mitad de su vida en la selva.

Otro caso parecido al de John Ssabunnya es el de Marina, una niña colombiana que a los cinco años fue secuestrada y abandonada en la selva. Aprendió a convivir con los monos capuchinos y a los diez años fue descubierta, pero llevada a un burdel, siendo obligada a trabajar se escapó, y sobrevivió en las calles de Bogotá, hasta que una señora la recogió y adoptó. Con el tiempo pudo llevar una vida normal, hasta se casó y tuvo hijos. El problema de este caso es que no hubo una completa investigación científica, no se realizó un estudio de su capacidad intelectual, ni de la posible edad cuando fue abandonada, tampoco hay aportes familiares que verifiquen el caso, tan solo tenemos el testimonio de ella, de los recuerdos de su mente infantil, la cual había olvidado el rostro de sus padres. Si bien hay dudas respecto a este caso, no obstante es interesante notar que es muy posible que haya sufrido abandono temprano, pues de ser real todo lo que cuenta o no, su mente tan sólo recuerda el momento en que fue abandonada en la selva y su estancia con los monos, apenas tiene nociones de su vida anterior, ni siquiera recuerda su nombre, lo que nos lleva a pensar que todo lo que sufrió bien pudo suceder ante de los cinco años. Podemos encontrar su historia en un libro que más tarde escribiría con ayuda de una de sus hijas, “La niña sin nombre” – Marina Chapman, Plaza & Janes. Es un libro muy recomendable para entender cómo puede ver el mundo una mente infantil de cuatro años y la impresionante adaptabilidad de la mente y el cuerpo a situaciones extremas como la suya. Este caso es interesante, pues en el libro ella expone la manera de ver las cosas y de pensar de una niña de cuatro años, y como llegaba a razonar y desarrollar una personalidad propia a pesar de no utilizar un lenguaje hablado. Su cerebro se adaptó de alguna manera para aprender a relacionarse con los animales y entender su forma de comunicarse, y aunque siempre demostró ser mas inteligente que los animales que la rodeaban, nunca se sintió más adaptada al medio que ellos y su propia curiosidad y necesidad de cariño la llevó a contactar con los humanos.
En estos últimos casos, sin embargo, notamos que en cierto modo no perdieron el contacto social, aunque este fuera con animales, lo cual ayudó a que recuperaran más fácilmente la relación social y sobre todo su identidad individual, es cierto que esa vida limitada a convivir con bestias, les hicieron olvidar sus nombres, y su pasado, pero eso no significó que no pensaran en primera persona, es decir sintieran su individualidad y razonaran como humanos, aún perdiendo el principal camino de la comunicación, la expresión hablada. 

Pero ¿qué se puede decir de casos de abandono y aislamiento absoluto? Tomemos el caso de Kaspar Hauser, un joven alemán, de aspecto descuidado, al que en la primavera 1828 se encontró vagando por la ciudad de Nüremberg. Cuando se le llevó a comisaría apenas hablaba, no sabía escribir, sin embargo llevaba una nota consigo en la que aparecía su nombre y fecha de nacimiento, además de algunos detalles de su supuesto padre, si bien no se mencionaban nombres. A partir de allí se ha discutido mucho sobre sus orígenes, pese a que en la carta que portaba se daban algunas pistas, se rumoreo en su tiempo que podía tratarse del hijo bastardo de alguien importante, que fuese aislado en un tipo de celda, donde tan solo se le alimentaba con pan y agua. Algunas pruebas de ADN realizadas en la actualidad y basadas en restos de sangre de una camisa suya, afirman probar que se trataba de alguien de la casa real alemana, relacionada genéticamente con Astrid Von Medinger de la casa de Baden. Incluso se ha llegado a especular que quizás se tratase de un hijo ilegítimo de Napoleón con Estefanía de Beauharnais, esposa de Carlos II de Baden, esto encajaría con la descripción física de los que lo vieron, que encontraron una gran similitud con el emperador francés. Posiblemente a fin de proteger su vida, cuando cayó el régimen Napoleónico fue escondido allí, o sencillamente fue víctima de los prejuicios sociales que significaba en esa época ser un bastardo.

Al principio se pensó que tenía algún retraso mental, pues no hablaba, su baja altura denotaba una mala alimentación, encorvado, arrastraba los pies y nada comunicativo, rechazaba alimentos como la carne o la leche y solo comía pan y bebía agua. Pero dicha actitud probablemente se debía a haber llevado una vida de aislamiento casi total, en la que su mente había convertido aquello en su forma natural de vivir. Sin embargo, cuando se le enseñó a hablar se descubrió que era un joven inteligente, aunque sus recuerdos de infancia estaban casi borrados, aún guardaba leves recuerdos de paseos en palacios grandes, lo cual apoya la hipótesis sobre su origen. También confirmó que estuvo recluído en una especie de cueva, posiblemente una mazmorra oscura y aislada, sin comunicación que le permitiera aprender a hablar.
En los cinco años antes de su muerte, se pudo convertir en una persona casi normal, si bien mantuvo una actitud infantil, demostró que la mente era capaz de recuperar la base primordial para la comunicación. No se pudo realizar un estudio mayor con él, ni ver el grado de desarrollo al que pudiera haber llegado, pues al parecer fue asesinado y no se esclareció nunca el motivo. Pero si en este caso, su capacidad mental e inteligencia no quedó limitada fue porque en sus primeros años de vida llevó una vida normal.
El caso de Genie, cuya vida de aislamiento fue mucho más trágico, pues no se trató de un aislamiento accidental, o circunstancial sino producto del maltrato. Se dice que cuando la trataron en 1970, con trece años, su cuerpo, sus movimientos, su mirada perdida y su limitado vocabulario indicaban una vida restringida, aislada y en la que se le prohibió hablar o emitir sonidos. La falta de lazos afectivos influye notablemente en el desarrollo del lenguaje y si estos se cortan antes de los tres años el efecto es devastador en el futuro desarrollo lingüístico. Por muchos esfuerzos que se pusieron en la educación de Genie, esta apenas pudo aprender a expresarse con palabras, y no era capaz de utilizar frases completas. Pese a que las primeras investigaciones indicaban que su cerebro era normal, no sufría aparentemente ninguna discapacidad, pruebas realizadas demostraron que el hemisferio izquierdo apenas tenía actividad, fue poco a poco, según se fue relacionando con otros que mejoró su comunicación, mostró la sonrisa de complicidad humana y centró más su mirada, si bien no ha logrado sostenerla al hablar. Con el tiempo fue capaz de demostrar afecto, admiración y comprensión de sí misma como persona, aunque siguió refiriéndose a ella misma en tercera persona.

Pero tenemos otros casos en los que los resultados de la recuperación no fueron tan satisfactorios como los anteriores, en los que bien pudiera tratarse de un abandono más temprano y por tanto con efectos más profundos. Hablamos del niño salvaje encontrado en los Pirineos franceses en 1799, se le dio el nombre de Victor de Aveyron. En el momento en el que se capturó, según la apariencia indicaba una edad cercana a los diez años, andaba completamente desnudo, y lleno de cicatrices en cuello, brazos y pecho y mucha suciedad. No hablaba, tan solo emitía gruñidos, era extremadamente violento y agresivo, nadie pudo saber quién cuidó de este niño, ni cómo llegó a esa situación, él nunca pudo contarlo, pues no llegó a disfrutar de una recuperación absoluta. Según los primeros apuntes del médico investigador, jean Marc Itard, que se hizo cargo de él fue claro: Era un niño desagradablemente sucio, afectado por movimientos espasmódicos e incluso convulsiones; que se balanceaba incesantemente como los animales del zoo; que mordía y arañaba a quienes se le acercaban; que no mostraba ningún afecto a quienes le cuidaban y que, en suma, se mostraba indiferente a todo y no prestaba atención a nada” 
Pocos años después en un segundo informe, Itard se dio por vencido y dejó de cuidarlo, entonces Victor es recluido en un centro, bajo el cuidado de Madame Guerín, quien se hizo cargo de él durante los siguientes años. Pero por muchos esfuerzos que se hicieron para recuperarle, no se lograron resultados satisfactorios, pese a que murió treinta años después de haberle encontrado. Las investigaciones recientes, basadas en los informes que sus tutores y cuidadores fueron realizando, parece señalar un caso claro de abandono de un niño autista, de allí la dificultad posterior para civilizarle, enseñarle a hablar, y la escasa relación social con sus cuidadores, su agresividad, son muestras de un hábito que era incapaz de abandonar.
Dentro de los casos de abandono por deficiencias mentales tenemos también a la ucraniana Oxana Omaya, criada por perros, cuentan quienes la hallaron en 1991, que la encontraron ladrando como un perro y caminando a cuatro patas, pero de esto no hay fotos, y existen relatos contradictorios que hablan de abandono desde los dos años viviendo en caseta de perros, otros afirman que su padre era alcohólico y su madre la abandonó. Se dice que al ser llevada a una institución social su comportamiento cambió y actuó como un can, se habla de una escasa inteligencia y a día de hoy, lo único cierto es que parece una mujer de veintisiete años con retraso mental que la hace actuar como una niña de seis. Pero habla y es sociable, difícilmente se podrá saber la verdad sobre este caso, pero la dificultad estriba en que su escasa capacidad mental no fue causada por el abandono, sino posiblemente eso fuera la razón de este.
Las niñas indias Kamala y Amala, halladas por un clérigo en los años veinte del siglo pasado, mencionadas al principio también parecen señalar algún tipo de retraso, pues apenas aprendieron a hablar, y murieron muy jóvenes, apenas hicieron progresos en el aprendizaje. Existen otros muchos más casos de supuestos niños cuidados por lobos, perros, gatos, cabras, aves y hasta gallinas, pero se trata de casos poco estudiados y de relatos cargados de leyendas aldeanas, muy poco confiables y llenos de lagunas, contradicciones y datos demasiado fantásticos para ser ciertos.  En cualquier caso, no se conoce un caso de niño abandonado, menor de tres años que haya sobrevivido por sí mismo, ni siquiera siendo cuidado por animales, y por otro lado podemos afirmar que, salvo los casos con enfermedades mentales, casi todos los niños salvajes se han podido recuperar y han llegado a socializar, gracias a que en su primera niñez habían tenido alguna clase de contacto humano.      

En el caso de los animales las cosas cambian, en determinadas circunstancias, ciertos animales pueden ser criados por otros de distinta especie, incluso confundiéndoles con parte de su prole, lo cual no significa que estas crías sufran cambios sustanciales en su instinto como especie. Esto se debe a que su comportamiento está casi íntegramente regulado por su instinto y esto a su vez ligado a su genética. Así, un perro o un gato, por mucho que se críe desde recién nacido en un ambiente humano, sus instintos lo harán comportarse como lo que son, lo mismo sucede con un oso, león, o elefante, jamás los podríamos humanizar cerebralmente hablando. El instinto animal prevalece, por encima del ambiente en el que se críe, al igual que la inteligencia humana o el yo pensante, a pesar de las circunstancias que le rodeen, sale a flote de una u otra manera.  


viernes, 18 de agosto de 2017

La mente entre la oscuridad y el silencio




Hay quienes defienden la teoría de la capacidad mental adquirida, que no es otra que afirmar que existe un vínculo entre la inteligencia y las relaciones sociales en la infancia, que se relaciona con las atenciones, el habla, el tacto y los gestos de los seres queridos en los primeros años de la vida, que el neonato recibe y que prepara su cerebro para aprender en el futuro. También se pueden incluir las primeras enseñanzas que recibimos de nuestros padres, cómo el lenguaje, la comunicación, las formas, cantidades, colores y otros asuntos que forman la base para la asimilación de todo lo que viene después en la edad escolar. Obviamente si alguien jamás ha escuchado hablar, difícilmente podremos ayudarle a escribir o leer, ni entender el uso del lenguaje. 


Esto es fácil de entender cuando hablamos de los niños nacidos sordos, a quienes si no es por el esfuerzo de comunicación por medio del lenguaje de señas, sería imposible poder enseñarle aspectos abstractos y estos niños sufrirían una desventaja mayor incluso que los niños ciegos. 


¿Significaría eso que faltando esa relación, ese cariño natural de padres a hijos, nos comportaríamos como cualquier animal irracional? No cabe duda que el lenguaje hablado confiere un paso importante e imprescindible para el aprendizaje, tanto como la atención, el cariño y el tacto en los recién nacidos. 


Ahora bien, las pruebas y los casos atestiguados muestran que el cerebro humano parece de alguna manera estar preparado para la comunicación, y sobre todo con un innato sentido de la individualidad y pensamiento propio, por tanto de formación de personalidad. 


Está probado que una vez desarrollado el lenguaje, la mente puede trabajar independiente de los sentidos, es decir, una persona adulta en un momento dado puede quedar ciego, sordo e inmóvil, sin sensibilidad en las extremidades, una situación desde luego desesperante y desgraciada, pero su cerebro sigue pensando y puede crear imágenes y cosas, utilizando la información almacenada. 


Diferente es el caso de alguien que nace así, es decir, sin conexión al exterior por medio de los sentidos. ¿Podría aprender a pensar una persona sordo-ciega? ¿Podría desarrollar una personalidad o un yo, un individuo que no recibe información del exterior? Por supuesto, la mente genera imágenes e ideas sin necesidad de hacerla en determinado lenguaje hablado. Para ilustrar tenemos el famoso caso de Hellen Keller, nacida en 1880 como una niña normal, pero que una enfermedad la hizo quedarse ciega y sorda con 19 meses, tiempo insuficiente para que ella aprendiera de manera completa el lenguaje y la comunicación, apenas hablaba algunas palabras cuando sufrió la enfermedad que la dejó aislada. Pero este caso nos muestra que incluso siendo una persona ciega y sorda, puede llegar a comunicarse perfectamente, y pensar como cualquiera. Curiosamente, en el caso de Hellen, había cierta capacidad innata para el aprendizaje, había empezado a pronunciar palabras desde antes de cumplir su primer año de vida, sin embargo, para cuando había cumplido los siete años, todas esas palabras las había olvidado al igual que toda la memoria de sonidos, colores e imágenes se habían borrado de su mente, balbuceaba algunos términos que carecían de significado para ella. Algunas palabras, que por el uso y la respuesta que dicho sonido tenía, pudo memorizarla, tal es el caso de la palabra agua, que aun torpemente pronunciaba gritando cuando tenía sed. Sin embargo, aprendió de manera innata a guiarse en el jardín de su casa por lo olores, tocaba todo cuando se ponía delante y su cerebro iba abriendo recursos para distinguir el tacto y las formas de las cosas de tal manera que se hicieran perfectamente distinguibles a su cerebro.




Su gran frustración era no poder comunicarse como los demás y eso la sumía en estados de ira incontrolada y llantos que preocuparon infinitamente a sus sufridos padres. 

Por fin dieron con una maestra adecuada que, con gran paciencia y tesón, fue enseñándole a la joven Helen, con la ayuda de un sistema basado en el tacto a poder comunicarse, su mundo entonces dio un giro total. Su método consistía en escribir las palabras en la palma de la mano de Helen, todo cuanto quería saber la niña, se lo escribía en la palma, pronto ella aprendió palabras y las repetía haciendo lo mismo en la mano de su maestra. Así fue relacionando lo escrito con los objetos, lo cual ya fue todo un descubrimiento en su limitada comprensión de las cosas. Curiosamente algo que fue clave para su repentino despliegue de conocimiento y comunicación con el exterior, fue la palabra “Agua”. Recuerda que cuando su maestra quiso enseñarle agua y que distinguiera el preciado líquido, de la taza que lo contenía, tuvo que llevarla a un riachuelo y dejar que el agua fluyera entre sus dedos y entonces, animaba a repetirla con su voz, al tiempo que en la otra mano le escribía la palabra, aquel sencillo paso le abrió la mente, pues le hizo comprender que todo tenía un nombre y que aquella palabra que aún recordaba en su mente “agua” era la pronunciación que todo lo escrito tenía, fue como si su cerebro entonces conectara ciertas partes que hasta ese tiempo funcionaban para ella de manera independiente. 



 Más difícil fue comprender conceptos abstractos, por ejemplo sentimientos, como el amor, o el rechazo, que ella confundía con nociones como el bien y el mal. Para Helen, el calor del sol, por ejemplo representaba el amor, como un bien supremo, y las nubes que lo apartaban eran malas y por tanto lo contrario del amor. Pero tuvo que entender que las nubes que impedían que esos rayos le llegaran a su piel, traían el agua que también era un bien, pues era la misma agua que ella bebía y que además hacía crecer las flores, las plantas y llenaba los arroyos. Es algo tan obvio para nosotros, pero para un sordo-ciego nada fácil de comprender. Con el tiempo su cerebro fue capaz de comprender frases escritas en sus manos de tal manera que captaba palabras completas al igual que lo hace alguien que lee, captando las palabras sin necesidad de detenerse a deletrear.


Con ayuda de un método que después ella misma perfeccionó, su cerebro la llevó a reconocer por medio del tacto, a leer con las manos los movimientos de la boca y las vibraciones que las personas hacían al hablar, e imitar esas vibraciones y hablar ella misma. Esto, según cuenta en sus memorias, sucedió desde que era niña, gustaba de poner las manos en la boca y garganta de su madre y, cuando la dejaban, en la de la persona que tuviese en frente de ella.  Le fascinaba descubrir que esto lo hacían a menudo y concluyó que debía ser una forma de comunicación que para ella era un misterio, intentaba imitar esos movimientos y las vibraciones, descubriendo que podía hacerlo, si bien sus esfuerzos solo la llevaban a realizar ruidos guturales y sonidos vocales sin sentido. Así, cuando pudo comunicarse con la lectura de las manos, comprendió que podía hacerlo también como los demás, expresando los sonidos de cada palabra que leía en su mano.  Así fue como, con ayuda de su maestra, aprendió a darles sentido a esas vibraciones vocales. 



Valga decir que Helen Keller, con el tiempo estudió en un instituto con la compañía de su maestra y traductora, más tarde se gradúo en la universidad, convirtiéndose en la primera persona sordo-ciega del mundo en lograr un título universitario. Escribió artículos, fue activista política, conferenciante, y escribió numerosos libros, entre ellos algunos relacionados con sus propias vivencias, que no dejan indiferente al lector, comprendiendo conceptos complejos, se acercó incluso a la metafísica cristiana, fascinada por los escritos del famoso científico y visionario Emmanuel Swedenborg.  Al final de su vida se había convertido en icono de superación para las personas con discapacidades, y para muchos estudiosos del cerebro, psicólogos, y educadores en un ejemplo del prodigioso funcionamiento de nuestra mente, que se abre camino hasta en situaciones de incomunicación casi absoluta. 


Claro, que cabe la posibilidad de que alguien alegue que el cerebro de Helen Keller había recibido una mínima información en sus primeros meses de vida, y que de alguna manera esas mínimas conexiones neuronales en la región de broca, fueron suficientes para facilitar esa comunicación. No obstante, como ella misma reconoce en sus memorias, sus recuerdos auditivos y visuales se habían perdido, no recordaba sonidos ni imágenes, por tanto tuvo que empezar de cero. Por otro lado, se sabe de otros casos más extremos, hablamos de niños que no tuvieron ni siquiera ese mínimo contacto visual o auditivo al nacer, y que desde entonces, gracias al método de Keller, pueden comenzar a comunicarse. Este es el caso de la joven Debbie Curry, nacida sorda y ciega, quien pasó sus primeros años en oscuridad y silencio absoluto, pero aprendió a comunicarse a través del tacto, utilizando un método llamado “Tadoma”, que básicamente es poner sus dedos en garganta y boca del interlocutor. 


A pesar de no haber oído nunca un sonido, a los veinticinco hablaba de manera entendible, y poco tiempo después ya era capaz de tomar decisiones independientes con respecto a ideas, creencias y otros asuntos abstractos. Por tanto, no parece necesario que tenga que haber aprendizaje previo, sencillamente la mente se abre camino y busca maneras de comunicarse, de crear imágenes, conceptos, ideas y desarrollar su propia personalidad. 


Por otro lado, existen numerosos casos de niños con parálisis cerebral que, aunque incapaces de mostrar comunicación externa, ven y oyen y llegan a aprender mucho, en algunos casos logran cierta comunicación visual, o gesticular, y en estos se observa que su desarrollo interno, el lenguaje, incluso la lectura les es posible, como a cualquier niño. Sorprendente fue la experiencia de Loida, cuando esta niña nació, los médicos informaron a los padres que jamás caminaría, ni hablaría y posiblemente ni siquiera los entendería. Ellos, no obstante, se esforzaron por leerle, le enseñaban en una pizarra el alfabeto y algunas nociones de lectura, sin tener la certeza de si su hija aprendía, pues esta no hablaba, ni indicaba con gestos si comprendía poco o nada lo que le mostraban, apenas movía la cabeza para un lado u otro, de manera monótona y repetitiva. Lloraba de vez en cuando, pero no podían tener acceso a sus pensamientos, deseos o ideas. Pero cierto día, cuando tenía dieciocho años de edad, y casi por casualidad, una de sus hermanas pequeñas jugando, preguntó a Loida si distinguía cierto nombre entre varias palabras que tenían escritas en la pared. Como pudo, Loida inclinó la cabeza hacia la palabra correcta, para comprobar que no fuera casualidad su hermana probó con otras y se dio cuenta que acertaba en todas ¡Sabía leer! Gracias a esto, los padres pudieron comunicarse con ella, descubriendo que comprendía y se expresaba como una adulta, con una madurez sorprendente, sus primeras palabras, escogidas letra a letra, fueron: “Estoy muy feliz porque, gracias a Dios, ahora puedo comunicarme”. Afirmó que por años se pasó pensando lo que quería decir a su familia, incluso mostró su frustración cuando oía a sus hermanas aprender a leer, ser felicitadas y ella que ya sabía, era incapaz de demostrarlo, por eso a menudo sufría arranques de llantos incontrolables, era la frustración de una mente que quería comunicarse con el exterior y no encontraba la manera. Esto muestra que nunca se debe dejar de hablar o leer a niños en estas condiciones.


Más complicado lo tienen los niños nacidos con  “multimpedimento Sensorial”, en estos raros casos, es muy posible que apenas reciben comunicación con el exterior, pues no ven, no oyen, no se pueden mover y tampoco tienen tacto en sus extremidades, por tanto es difícil valorar el grado de progreso mental que puedan tener, en cualquier caso, es posible que sus pensamientos absorban las pocas sensaciones que le lleguen al rostro, la cabeza, el tacto y el gusto al comer y con eso se pueda hacer una idea de su entorno, sorprendería lo mucho que el cerebro puede captar aún en esos casos tan extremos. Al igual que la vida se abre camino, el cerebro se desarrolla y busca la salida a su encierro, el yo, por tanto se forma de una u otra manera.