Libro Los Senderos del yo

Libro Los Senderos del yo
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La Consciencia, la lucidez del yo




En este tratado, más que hablar de tener consciencia, usaremos la expresión estar consciente, pues aunque parece que estar vivo es lo mismo que tener vida, en el caso de la consciencia, la cosa cambia, se trata de una situación y no de algo que se adquiere. Desde el primer momento en el que nos damos cuenta que estamos vivos, tenemos consciencia, como consideramos en otro capítulo, pero es difícil determinar si esto ocurre en el vientre de nuestra madre o poco después de nacer, en cualquier caso hay un momento en el que somos conscientes de nosotros mismos, es posible que la consciencia no surja de repente, sino sea parte de un proceso de desarrollo. En tal caso, algo que puede ayudar a descubrir cuando una persona es consciente de sí misma sería vernos ante un espejo espejo. La reacción de un bebé frente al espejo cambia radicalmente a partir de los seis meses, antes, en los primeros 90 días, es posible que no le llame la atención, tan solo capte su atención algún brillo o el reflejo de la luz de este, más tarde si se fijará algo más y posiblemente se quede observando con curiosidad al niño que ve al otro lado, pero no llega aún a identificarlo con él mismo.
Pero de repente, llegará el día en el que al verse delante, se reconocerá, tal vez sorprendido y con gran curiosidad admirará su imagen reflejada de manera muy distinta, probará haciendo movimientos, tocándose la cara, hará gestos y se dará plena cuenta que es él quien se refleja enfrente. Bien se puede decir que ese será un momento crucial en la vida de un niño, como si de repente al vernos frente al espejo reconocemos en nosotros mismos una individualidad y dejamos de ser un testigo invisible de lo que nos rodea, para convertirnos en un ser individual con rostro, una persona plena, entonces se puede decir que nuestra consciencia estará completa.
Sin embargo a diferencia de la conciencia, que como hemos visto, aún teniendo una base innata, se crea, se moldea y se cambia de forma individual y a lo largo de toda la vida, la consciencia es intangible, está unido a la vida, pero no necesariamente es consubstancial a esta. Es decir, se puede decir que una persona muerta definitivamente no tiene consciencia, pero esa misma por el mero hecho de estar viva, no necesariamente la hace estar consciente, como puede suceder con alguien profundamente dormido o en coma inducido, no siente, o no se da cuenta del paso del tiempo o de los sucesos a su alrededor. En el caso del coma, dependiendo del grado, nos lleva a un estado de inconsciencia casi absoluto, rozando la no existencia de actividad cerebral alguna y por supuesto conlleva la negación de los sentidos.
Solo una puntualización en este último caso, surgen dudas cuando se registran casos de personas en estado de coma, quienes al despertar afirmaban haber oído voces a su alrededor. ¿Hasta qué grado una persona en coma mantiene un grado de consciencia? Un médico dirá que depende de la actividad cerebral que el individuo mantenga, para eso están los encefalogramas, los escáneres cerebrales, aparatos cada vez más sofisticados que se utilizan para determinar la más mínima actividad cerebral. El conocido test, llamado "Escala de Glasgow", es un protocolo habitual para determinar la muerte cerebral o el grado del coma y en la mayoría de los casos determina si una persona tiene muerte cerebral o coma irreversible, donde la consciencia ha desaparecido por completo.


Sin embargo, existen muchos casos atestiguados de personas que tras despertar de un coma, durante los cuales mostraron encefalograma plano o con mínima actividad cerebral, (atribuida normalmente al funcionamiento mecánico de nuestro sistema), que después han despertado recordando episodios sentidos u oídos durante ese tiempo. Tenemos el caso de Martin Pistorius, quien a los doce años de edad por causa de una enfermedad degenerativa, (algunos detalles apuntaban a una meningitis criptocócica), cayó en un grado de inconsciencia, al que los médicos calificaron de “estado vegetativo”. Los electroencefalogramas y otras pruebas realizadas indicaron inconsciencia total, y no había previsión de mejora, debido a eso sus padres lo llevaron a casa esperando o una recuperación milagrosa o una muerte inminente. Permaneció en ese estado durante al menos seis años, tiempo en el que los cuidados de los padres fueron vitales.
Él afirma recordar muy bien el momento en que empezó a despertar, fue cuatro años después de haber estado en ese estado de inconsciencia absoluta, empezó a despertar y pocos meses después empezó a comprender su situación, había olvidado todo su pasado, y en un periodo de cuatro años fue de nuevo consciente de ser una persona viva, aunque los demás lo seguían considerando un vegetal.  En sus memorias, escritas más tarde en el libro “Cuando era invisible”, un libro que vale la pena tener en cuenta para entender esta extraña situación de consciencia a medio gas, pero consciencia al fin y al cabo. Pues el que los demás piensen que eres un vegetal o tu mente esté totalmente anulada, no determina que tú no seas consciente. Existen otros casos, como el de Zack Dunlap, que sufrió un accidente de tráfico cuando tenía 21 años de edad, padeciendo un traumatismo cerebral severo, los médicos que lo atendieron declararon su muerte cerebral, curiosamente el afirma haber escuchado a uno de los médicos cuando determinó su muerte y si bien no pudo reaccionar, por dentro se desesperaba ante la situación. Justamente cuando la familia se iba despidiendo de él, notaron una leve reacción del cuerpo, que interpretaron al principio que se debía a movimientos reflejos, pero tras hacer otras pruebas notaron que parecía iniciarse de nuevo cierta actividad cerebral, que aunque mínima, significaba un cambio de parecer. Al cabo de cinco días, Zack pudo despertar y mirar a su alrededor y una semana después ya hablaba sus primeras palabras. Fue un caso de difícil explicación médica, sobre todo teniendo en cuanta que se tomaron todos los procedimientos adecuadamente para determinar su muerte. Por otro lado, existen documentados muchos casos de personas en coma que tras un año, dos o hasta quince, despiertan repentinamente y no recuerdan absolutamente de su estado o situación en todo ese tiempo, lo cual hace pensar que debe haber un punto de comunicación con el yo interno que en ocasiones queda desconectado, dejando paralizada la consciencia. Escribí hace años un relato en el que se reflejan ambas situaciones vividas por una misma persona, se titula Memorias desde el silencio, (incluido en el libro “Relatos Trascen-mentales, del mismo autor)

Estar consciente, aunque esto parezca una obviedad, significaría sentir, percibir el yo, pensar y sentirnos presentes. Pero sería así, incluso en el caso extremo de que nuestros sentidos externos, oído, vista, tacto, no nos dejaran percibir el exterior. En el momento que pensamos y nos sabemos vivos, estamos conscientes. Y esa consciencia no se moldea o se interpreta de distintas maneras, sino de una sola, estando anclada en nuestros pensamientos, solo entonces nos informa que somos nosotros y en nosotros está nuestro yo.
Es verdad que hay ocasiones en las que se suele decir que hicimos algo inconscientemente, en el sentido de realizar un acto reflejo o una reacción ante un peligro en el que aparentemente no actuamos guiados por una voluntad o por el deseo consciente de hacerlo. Pero, aparte de esas pocas reacciones naturales, que además forman parte de nuestro sistema de protección o seguridad, por lo general nuestra consciencia, no solo se limita a captar, a sentir, oír, ver, sino a recordarnos que somos una individualidad, alguien que está fuera de los demás, que es testigo de la vida de otros, pero que tiene la suya propia.
Todo esto nos lleva a otro asunto interesante a tratar, ¿Son los animales conscientes? Bajo el punto de vista de la vida si, aunque lógicamente de una manera muy distinta a la manera de estar consciente en el caso del hombre. Es difícil, por no decir imposible saber qué piensan los animales superiores. Según los últimos estudios en psicología experimental, neuropsicología y etología cognitiva aplicada a los animales, algunos son capaces de pensar, memorizar y engendrar conceptos sobre su entorno, incluso imaginar situaciones. Se sabe que ciertas mascotas reaccionan de manera casi humana, comprenden la tristeza de sus amos, muestran cariño o piden atención.
En muchos casos se utilizan animales para el tratamiento de ciertos trastornos mentales, depresiones, autismos, problemas de conducta y otros. Pero la realidad, en estos casos, es que podemos afirmar que estos animales domésticos se han adaptado al hombre o el hombre los ha adaptado, en determinadas circunstancias esto hace que los humanicemos. Pero aún siendo cierto que otros seres vivos son conscientes de ellos mismos o de su existencia, y como tales desarrollan de alguna manera su personalidad, la inteligencia y las conexiones neuronales humanas nos hacen ir un poco más allá en el concepto del yo.
   Esto lo podemos entender, cuando por algún accidente o deficiencia al nacer, perdemos, o no desarrollamos una total consciencia de nuestro propio yo y en ese sentido, nuestra consciencia deja de estar conectada a nuestro intelecto. Se observa esto en determinados tipos de autismo, un niño autista se centra en su mundo interior, es cierto que en algunos casos puede desarrollar otro tipo de inteligencia, una extraordinaria memorización, cálculo matemático, estadístico, o destacar en la música o el arte. Pero por alguna razón vive, dicho coloquialmente como en otro mundo, no es capaz de contactar con el exterior o dependiendo del grado, hacerlo de manera muy escasa, llegando por lo general a hablar de él mismo como en tercera persona. Algunos psicólogos afirman que en los autistas falta el “yo” porque tal vez no sean del todo conscientes de su propia existencia, otros señalan que posiblemente se deba a que no son capaces de interactuar, ni mostrar empatía con otras personas y de alguna manera no se identifican como tales, incluso hay quien afirma que es posible que esto de alguna forma se acerque al pensamiento animal. Se hicieron ciertos estudios en la universidad de Cambridge, donde se midió la actividad cerebral de varios individuos diagnosticados con algún tipo de trastorno autista y se comparó con otros que no lo tenían. El experimento puso de relieve una curiosa y notable coincidencia, se descubrió que hay una región del cerebro, llamada “corteza prefrontal ventromedial”, que de alguna manera se activa cuando la gente piensa en sí misma, se dice que es como un detector de la “autorelevancia”.

En el caso de una persona normal, esta zona se hacía más activa cuando se le pedía al voluntario que respondiera a cuestiones relacionadas con él mismo, mientras que cuando no era ese el caso, las variaciones de actividad diferían notablemente. Pero en el caso de los autistas, dicha región cerebral respondía siempre de la misma manera, sea que la pregunta fuese sobre otra persona o cosa, o sobre sus gustos, deseos o en definitiva sobre sí mismos. Si en el caso de los animales, esa región cerebral falta o no cumple esa función, tal vez eso determine la diferencia en la forma de pensar e interactuar entre especies, destacando una de las más grandes diferencias con respecto a los humanos. En cualquier caso, se sabe que algunos autistas, con una terapia específica, logran superar esa barrera y esa dificultad para relacionarse con los demás e identificarse como ellos mismos. Es posible que los animales no tengan los recursos para superar esa fase de identidad impersonal.





Los niños lobo



Continuando con la consideración sobre la relación entre comunicación e inteligencia, nos centraremos en este capítulo en como la falta de comunicación puede afectar el desarrollo de la personalidad y la inteligencia. Para ello vamos a considerar casos extremos de niños que han sido privados del normal contacto humano y que  han sido contactados años después. ¿Se puede recuperar y adapatar esta persona a la sociedad? ¿Pierden inteligencia o capcidades cerebrales? 
Las discusiones sobre este tema llevan siglos, algunos opinan que estos se convierten en meros animales irracionales y quedan limitados para toda su vida. Ya vimos que no es así en el caso de los nacidos con deficiencias visuales y auditivas, incluso en los casos de parálisis cerebral, el cerebro se abre camino e intenta por todos los medios absorber todo lo que le comunica su entorno, utilizando cualesquier sentido que el funcione. Pero ahora vamos a centrarnos en otros casos bien diferenciados, casos de verdadero y completo aislamiento involuntario o forzado, considerando algunos ejemplos documentados, de niños privados de la comunicación a tierna edad.
Los famosos “niños lobos”, serían aquellos que han sido privados del trato humano, alimentándose en selvas o bosques, como cualquier animal salvaje. Se trata de niños abandonados o perdidos, criados por animales o como tales, que no llegan a desarrollar jamás la capacidad intelectual de un niño criado en un ambiente normal. Por lo general, los casos de sobrevivientes en estas circunstancias superaban los cuatro años. No hay pruebas científicas que certifiquen la leyenda de “niños lobo”, en el caso de personas que siendo bebés, menores de tres años hayan sido criados por animales sin la relación o intervención de otros seres humanos, pues difícilmente podría sobrevivir un indefenso bebé sin una experiencia previa, ya no solo por la comunicación humana, sino por el hecho de ser totalmente dependiente de un ser inteligente que lo cuide, alimente y proteja. Imaginemos por un momento un niño con menos de ochos meses, que apenas puede moverse por sí mismo, que no tiene instinto de protección, ni capacidad para buscar alimento de manera independiente o segura y que no sabría interactuar ante el peligro de bestias que lo considerarán una presa fácil y no alguien a quien cuidar. 

En el caso de un bebé de poco menos de un año, tampoco tendría muchas más ventajas, es posible que ya se pueda poner en pie, y dar sus primeros pasos, incluso andar, aunque con cierta dificultad, pero el grado de consciencia sobre su entorno y su innata curiosidad le acarrearía serios peligros de llevarse a la boca algo venenoso o de acercarse a una situación que ponga en peligro su vida, sin contar que sería improbable para este buscar alimento o agua. Entre uno y tres años, el aprendizaje y la capacidad del niño depende y es directamente proporcional al grado de afecto y atención y educación que haya recibido. Pero en el mejor de los casos, un niño de dos años tampoco distinguiría entre un alimento admisible y un potencial veneno, eso en el supuesto caso de encontrarse en una selva tropical, donde el alimento abunda, si hablamos de un bosque septentrional la cosa se complica más, pues no es fácil en esos lugares obtener alimento o agua fácilmente.
Ahora bien, supongamos que nuestro niño abandonado o perdido se encuentre en una selva, cargada de posibilidades para la subsistencia, y este pequeño tenga más de tres años, por supuesto el grado de posibilidades para salir vivo de esto está relacionado con la edad, no hace falta ser un experto para concluir que a mayor edad, más posibilidades tiene el joven de sobrevivir, independientemente de si algún animal le proteja o no.
En la época de la ilustración algunos filósofos como  Kant suponían la existencia de estos hipotéticos casos de niños criados sin el contacto humano desde muy tierna edad, y con ello pretendían demostrar que la naturaleza buena del hombre primitivo le hacía mostrar cualidades humanas, a pesar de carecer de conocimiento, religión o normas morales. En la parte opuesta tenemos a Descartes, quien formulaba que el desarrollo mental humano necesita de incentivos o de estímulos para desarrollar la inteligencia y la consciencia y que sin una enseñanza previa, jamás se desarrollaría espiritualidad o pensamiento religioso, metafísico o filosófico.
A lo largo de la historia se encuentran numerosas  leyendas y cuentos que nos hablan de personas criadas por animales, principalmente lobos y osos. En la epopeya de Gilgamesh, aparece un curioso personaje llamado Enkiddu, que fue encontrado por un cazador en estado salvaje, pues al parecer había sido criado por animales del bosque.


La tradición de Roma atribuye su fundación a dos “niños lobos” Romulo y Remo, los cuales siendo abandonados de pequeños fueron alimentados con la leche de una loba. En la literatura y sobre todo en el cine, abundan temas relacionados con estos, como Tarzán, Mowgly y muchos otros, casi todos tienen en común, niños perdidos por su familia que después son criados por los animales salvajes, convirtiéndose en uno más entre estos. Pero existen realmente muy pocos casos atestiguados de verdaderos niños salvajes, es muy citado el caso de las niñas de la India, Amala y Kamala, aparecidas en 1920.

Se decía que habían sido criadas por lobos y maullaban como tales, tenían una visión nocturna superior a los humanos y olían los alimentos antes de probarlos. La imposibilidad para enseñarles a leer y escribir o su dificultad para su socialización, fueron mostradas como prueba de que de alguna manera, la inteligencia es un proceso cultivado por la socialización del individuo. Sería ese un caso que pudiera ser definitivo, si no fuera porque más tarde se demostró que ambas fueron abandonas por sus padres por mostrar síntomas de autismo y retraso mental severo. 

Un caso opuesto a este y muy conocido, fue el del español Marcos Rodríguez Pantoja, nacido en Añora, en plena Sierra Morena andaluza. Según parece, nació en 1946 en la dura época de la postguerra española y europea, la época más crítica para una población empobrecida y no recuperada aún de la contienda de los años treinta. Siendo huérfano de madre y el menor de tres hermanos, no recibió educación alguna, y fue explotado desde tierna edad, cuidando cerdos y otros animales de la pequeña granja que su progenitor tenía a su cargo. Más tarde, cuando la situación se agravó, fue vendido por este a un viejo pastor de cabras, cuando apenas contaba con seis años. Tampoco recibió cariño ni atenciones propias de su niñez y el pastor, medio ciego y en sus últimas, le daba a comer carne cruda. Parece ser que apenas un año después, el pastor no volvió y Marcos quedó abandonado en plena sierra. Así que con siete años, se encontró solo y desprotegido, sin embargo con suficiente edad e inteligencia para dedicarse a cazar pequeños animales, ocultándose en una choza abandonada. Por supuesto, la poca experiencia en la vida y el miedo lo llevó a refugiarse en una cueva, donde curiosamente coincidió con una loba y sus lobeznos, él empezó a darles comida y jugar con estos, y pronto la loba lo consideró uno más de la manada. Permaneció así durante doce años de su vida, sin ninguna clase de contacto humano, aprendiendo los instintos caninos de los lobos y manteniendo una especial relación con los animales salvajes. 


Cuando fue descubierto por la guardia civil a instancias de un granjero que denunció su aparición en las montañas, apenas sabía articular palabra, su cabeza estaba cubierta por una melena que le llegaba a la cintura, unas largas uñas en pies y manos, piel curtida llena de cicatrices y vestido con pieles de venado.
Claro que en este caso, atestiguado y estudiado a fondo, los resultados del contacto humano, aunque escaso, pero al menos lo tuvo en sus primeros seis años de vida, y esto no conllevó efectos tan profundos como cabía esperar en otros casos. La falta de uso, provocó que olvidara en parte el idioma, pero tan solo bastó unos pocos meses para recuperarlo. Con el tiempo pudo llevar una vida normal, adoptó costumbres humanas, tuvo un empleo y  su vida incluso se ha llevado al cine. Tuvo que ampliar su vocabulario, pero mantenía la base de las nociones sobre el idioma, ya que no fue privado de comunicación en sus primeros años de vida, por tanto, si bien es un ejemplo de la adaptabilidad humana a situaciones extremas y el resultado de un aislamiento prolongado en el comportamiento y la sociabilidad de una persona criada entre animales salvajes, no demuestra del todo que la inteligencia esté directamente relacionada con la sociabilidad. 

Tenemos otro caso más llamativo y en el que el abandono fue a menor edad, se trata del niño ugandés John Ssabunnya, nacido en los difíciles años 80 en un país desgarrado por la violencia y la guerra civil. En 1988, cuando tenía tres años de edad, presenció la muerte de su madre a manos de su padre y huyó internándose en la selva, aunque algunos conocedores de aquel suceso afirman que en realidad fue su padre quien lo abandonó allí, lo cual parece más cercano a la realidad, tratándose de un pequeño de apenas tres años. En cualquier caso fue adoptado por una familia de chimpancés, conocidos por “monos verdes”, (Chlorocebus sabaeus). Según cuenta él mismo, estos le ofrecieron plátanos, yucas y otras frutas. Pronto aprendió a trepar por los árboles y los monos lo aceptaron como uno más de su grupo. Dormía en hojas de plátano y no recordaba beber nada, parece ser que todos los líquidos que contenían las frutas eran suficientes para hidratarlo. Pasó de esa manera alrededor de tres años, pues cuando fue encontrado se le calculó una edad aproximada de seis. Según se cuenta, lo encontraron desnudo y con signos de desnutrición, los monos, en un intento por protegerlo, lanzaron palos y piedras a los rescatadores y el niño se escondió en un árbol.
El pequeño no era capaz de comunicarse con los humanos y le costó adaptarse a la alimentación caliente que le ofrecieron. Los médicos que lo examinaron determinaron que realmente se trataba de un verdadero niño salvaje. Pero su adaptabilidad no fue imposible, aprendió en un orfanato a caminar erguido, a hablar y comer como los humanos y dormir en una cama, se le dio un nombre, pues nunca logró recordar el que le pusieron sus padres. 

Sin embargo se descubrió que tenía un don especial y era su fina voz, lo cual le llevó a unirse con el tiempo al coro del orfanato. También se destacó como buen deportista y lideró a su selección como capitán del equipo de fútbol, en lo que se puede decir fue una sorprendente recuperación. La clave en este caso era que aquel niño había recibido atenciones en sus primeros tres años de vida, el cariño de la madre y una convivencia normal, y eso supuso una buena base para su posterior recuperación como humano, pese a que cuando lo encontraron había pasado la mitad de su vida en la selva.

Otro caso parecido al de John Ssabunnya es el de Marina, una niña colombiana que a los cinco años fue secuestrada y abandonada en la selva. Aprendió a convivir con los monos capuchinos y a los diez años fue descubierta, pero llevada a un burdel, siendo obligada a trabajar se escapó, y sobrevivió en las calles de Bogotá, hasta que una señora la recogió y adoptó. Con el tiempo pudo llevar una vida normal, hasta se casó y tuvo hijos. El problema de este caso es que no hubo una completa investigación científica, no se realizó un estudio de su capacidad intelectual, ni de la posible edad cuando fue abandonada, tampoco hay aportes familiares que verifiquen el caso, tan solo tenemos el testimonio de ella, de los recuerdos de su mente infantil, la cual había olvidado el rostro de sus padres. Si bien hay dudas respecto a este caso, no obstante es interesante notar que es muy posible que haya sufrido abandono temprano, pues de ser real todo lo que cuenta o no, su mente tan sólo recuerda el momento en que fue abandonada en la selva y su estancia con los monos, apenas tiene nociones de su vida anterior, ni siquiera recuerda su nombre, lo que nos lleva a pensar que todo lo que sufrió bien pudo suceder ante de los cinco años. Podemos encontrar su historia en un libro que más tarde escribiría con ayuda de una de sus hijas, “La niña sin nombre” – Marina Chapman, Plaza & Janes. Es un libro muy recomendable para entender cómo puede ver el mundo una mente infantil de cuatro años y la impresionante adaptabilidad de la mente y el cuerpo a situaciones extremas como la suya. Este caso es interesante, pues en el libro ella expone la manera de ver las cosas y de pensar de una niña de cuatro años, y como llegaba a razonar y desarrollar una personalidad propia a pesar de no utilizar un lenguaje hablado. Su cerebro se adaptó de alguna manera para aprender a relacionarse con los animales y entender su forma de comunicarse, y aunque siempre demostró ser mas inteligente que los animales que la rodeaban, nunca se sintió más adaptada al medio que ellos y su propia curiosidad y necesidad de cariño la llevó a contactar con los humanos.
En estos últimos casos, sin embargo, notamos que en cierto modo no perdieron el contacto social, aunque este fuera con animales, lo cual ayudó a que recuperaran más fácilmente la relación social y sobre todo su identidad individual, es cierto que esa vida limitada a convivir con bestias, les hicieron olvidar sus nombres, y su pasado, pero eso no significó que no pensaran en primera persona, es decir sintieran su individualidad y razonaran como humanos, aún perdiendo el principal camino de la comunicación, la expresión hablada. 

Pero ¿qué se puede decir de casos de abandono y aislamiento absoluto? Tomemos el caso de Kaspar Hauser, un joven alemán, de aspecto descuidado, al que en la primavera 1828 se encontró vagando por la ciudad de Nüremberg. Cuando se le llevó a comisaría apenas hablaba, no sabía escribir, sin embargo llevaba una nota consigo en la que aparecía su nombre y fecha de nacimiento, además de algunos detalles de su supuesto padre, si bien no se mencionaban nombres. A partir de allí se ha discutido mucho sobre sus orígenes, pese a que en la carta que portaba se daban algunas pistas, se rumoreo en su tiempo que podía tratarse del hijo bastardo de alguien importante, que fuese aislado en un tipo de celda, donde tan solo se le alimentaba con pan y agua. Algunas pruebas de ADN realizadas en la actualidad y basadas en restos de sangre de una camisa suya, afirman probar que se trataba de alguien de la casa real alemana, relacionada genéticamente con Astrid Von Medinger de la casa de Baden. Incluso se ha llegado a especular que quizás se tratase de un hijo ilegítimo de Napoleón con Estefanía de Beauharnais, esposa de Carlos II de Baden, esto encajaría con la descripción física de los que lo vieron, que encontraron una gran similitud con el emperador francés. Posiblemente a fin de proteger su vida, cuando cayó el régimen Napoleónico fue escondido allí, o sencillamente fue víctima de los prejuicios sociales que significaba en esa época ser un bastardo.

Al principio se pensó que tenía algún retraso mental, pues no hablaba, su baja altura denotaba una mala alimentación, encorvado, arrastraba los pies y nada comunicativo, rechazaba alimentos como la carne o la leche y solo comía pan y bebía agua. Pero dicha actitud probablemente se debía a haber llevado una vida de aislamiento casi total, en la que su mente había convertido aquello en su forma natural de vivir. Sin embargo, cuando se le enseñó a hablar se descubrió que era un joven inteligente, aunque sus recuerdos de infancia estaban casi borrados, aún guardaba leves recuerdos de paseos en palacios grandes, lo cual apoya la hipótesis sobre su origen. También confirmó que estuvo recluído en una especie de cueva, posiblemente una mazmorra oscura y aislada, sin comunicación que le permitiera aprender a hablar.
En los cinco años antes de su muerte, se pudo convertir en una persona casi normal, si bien mantuvo una actitud infantil, demostró que la mente era capaz de recuperar la base primordial para la comunicación. No se pudo realizar un estudio mayor con él, ni ver el grado de desarrollo al que pudiera haber llegado, pues al parecer fue asesinado y no se esclareció nunca el motivo. Pero si en este caso, su capacidad mental e inteligencia no quedó limitada fue porque en sus primeros años de vida llevó una vida normal.
El caso de Genie, cuya vida de aislamiento fue mucho más trágico, pues no se trató de un aislamiento accidental, o circunstancial sino producto del maltrato. Se dice que cuando la trataron en 1970, con trece años, su cuerpo, sus movimientos, su mirada perdida y su limitado vocabulario indicaban una vida restringida, aislada y en la que se le prohibió hablar o emitir sonidos. La falta de lazos afectivos influye notablemente en el desarrollo del lenguaje y si estos se cortan antes de los tres años el efecto es devastador en el futuro desarrollo lingüístico. Por muchos esfuerzos que se pusieron en la educación de Genie, esta apenas pudo aprender a expresarse con palabras, y no era capaz de utilizar frases completas. Pese a que las primeras investigaciones indicaban que su cerebro era normal, no sufría aparentemente ninguna discapacidad, pruebas realizadas demostraron que el hemisferio izquierdo apenas tenía actividad, fue poco a poco, según se fue relacionando con otros que mejoró su comunicación, mostró la sonrisa de complicidad humana y centró más su mirada, si bien no ha logrado sostenerla al hablar. Con el tiempo fue capaz de demostrar afecto, admiración y comprensión de sí misma como persona, aunque siguió refiriéndose a ella misma en tercera persona.

Pero tenemos otros casos en los que los resultados de la recuperación no fueron tan satisfactorios como los anteriores, en los que bien pudiera tratarse de un abandono más temprano y por tanto con efectos más profundos. Hablamos del niño salvaje encontrado en los Pirineos franceses en 1799, se le dio el nombre de Victor de Aveyron. En el momento en el que se capturó, según la apariencia indicaba una edad cercana a los diez años, andaba completamente desnudo, y lleno de cicatrices en cuello, brazos y pecho y mucha suciedad. No hablaba, tan solo emitía gruñidos, era extremadamente violento y agresivo, nadie pudo saber quién cuidó de este niño, ni cómo llegó a esa situación, él nunca pudo contarlo, pues no llegó a disfrutar de una recuperación absoluta. Según los primeros apuntes del médico investigador, jean Marc Itard, que se hizo cargo de él fue claro: Era un niño desagradablemente sucio, afectado por movimientos espasmódicos e incluso convulsiones; que se balanceaba incesantemente como los animales del zoo; que mordía y arañaba a quienes se le acercaban; que no mostraba ningún afecto a quienes le cuidaban y que, en suma, se mostraba indiferente a todo y no prestaba atención a nada” 
Pocos años después en un segundo informe, Itard se dio por vencido y dejó de cuidarlo, entonces Victor es recluido en un centro, bajo el cuidado de Madame Guerín, quien se hizo cargo de él durante los siguientes años. Pero por muchos esfuerzos que se hicieron para recuperarle, no se lograron resultados satisfactorios, pese a que murió treinta años después de haberle encontrado. Las investigaciones recientes, basadas en los informes que sus tutores y cuidadores fueron realizando, parece señalar un caso claro de abandono de un niño autista, de allí la dificultad posterior para civilizarle, enseñarle a hablar, y la escasa relación social con sus cuidadores, su agresividad, son muestras de un hábito que era incapaz de abandonar.
Dentro de los casos de abandono por deficiencias mentales tenemos también a la ucraniana Oxana Omaya, criada por perros, cuentan quienes la hallaron en 1991, que la encontraron ladrando como un perro y caminando a cuatro patas, pero de esto no hay fotos, y existen relatos contradictorios que hablan de abandono desde los dos años viviendo en caseta de perros, otros afirman que su padre era alcohólico y su madre la abandonó. Se dice que al ser llevada a una institución social su comportamiento cambió y actuó como un can, se habla de una escasa inteligencia y a día de hoy, lo único cierto es que parece una mujer de veintisiete años con retraso mental que la hace actuar como una niña de seis. Pero habla y es sociable, difícilmente se podrá saber la verdad sobre este caso, pero la dificultad estriba en que su escasa capacidad mental no fue causada por el abandono, sino posiblemente eso fuera la razón de este.
Las niñas indias Kamala y Amala, halladas por un clérigo en los años veinte del siglo pasado, mencionadas al principio también parecen señalar algún tipo de retraso, pues apenas aprendieron a hablar, y murieron muy jóvenes, apenas hicieron progresos en el aprendizaje. Existen otros muchos más casos de supuestos niños cuidados por lobos, perros, gatos, cabras, aves y hasta gallinas, pero se trata de casos poco estudiados y de relatos cargados de leyendas aldeanas, muy poco confiables y llenos de lagunas, contradicciones y datos demasiado fantásticos para ser ciertos.  En cualquier caso, no se conoce un caso de niño abandonado, menor de tres años que haya sobrevivido por sí mismo, ni siquiera siendo cuidado por animales, y por otro lado podemos afirmar que, salvo los casos con enfermedades mentales, casi todos los niños salvajes se han podido recuperar y han llegado a socializar, gracias a que en su primera niñez habían tenido alguna clase de contacto humano.      

En el caso de los animales las cosas cambian, en determinadas circunstancias, ciertos animales pueden ser criados por otros de distinta especie, incluso confundiéndoles con parte de su prole, lo cual no significa que estas crías sufran cambios sustanciales en su instinto como especie. Esto se debe a que su comportamiento está casi íntegramente regulado por su instinto y esto a su vez ligado a su genética. Así, un perro o un gato, por mucho que se críe desde recién nacido en un ambiente humano, sus instintos lo harán comportarse como lo que son, lo mismo sucede con un oso, león, o elefante, jamás los podríamos humanizar cerebralmente hablando. El instinto animal prevalece, por encima del ambiente en el que se críe, al igual que la inteligencia humana o el yo pensante, a pesar de las circunstancias que le rodeen, sale a flote de una u otra manera.