martes, 25 de septiembre de 2018

Yo: él o ella



En los últimos tiempos el mundo entero está siendo testigo del empuje de ciertos grupos de presión social, cuyos miembros están consiguiendo derechos y reconocimientos, años atrás impensables. Nos referimos a la llamada comunidad LGTBI, a los que poco a poco se han ido añadiendo otras minorías de personas que no se definen, ni se sienten como la mayoría de los hombres y mujeres, que no sienten la misma atracción en sentido sexual, a los que de alguna manera su cerebro les hace sentirse distintos. Existen entre los humanos varios tipos de modificaciones de conducta sexual que por años han creado controversias morales, antaño perseguidas y prohibidas y, en las últimas décadas aceptadas como una tendencia natural más. Las siglas LGTBI, abarcan varias categorías de disforias sexuales como: la homosexualidad (femenina o masculina), la transexualidad (disforia de género), bisexualidad, (atracción por ambos sexos) o intersexualidad (ambigüedad física o hermafroditismo). 

En todas ellas juega un papel vital el cerebro y su sentir con respecto a la atracción sexual. En algunos casos a consecuencia de ciertos desordenes del desarrollo sexual físico, causado por alguna alteración cromosómica o de los genes envueltos, que repercute en la manera en la que se desarrolla el cuerpo y en otras por lo que se conoce como los disruptores de género o sexuales. En el primer caso, hablaríamos de ambigüedad o intersexualidad, aquella persona que físicamente queda entre medias de hombre y mujer,  pueden darse caso de morfologías confusas, con genitales de hombre, pero sin formación testicular, o externamente mujer aunque sin órganos de reproducción internos. En otras situaciones el cuerpo contiene ambos géneros, aunque de forma no funcional, llegando a un hermafroditismo casi total, aunque por lo general la mente puede decantarse por uno u otro género. En el caso de la transexualidad no se considera que hay defecto físico alguno, es decir se nace como hombre o como mujer, pero la mente va por otro lado y se cree o se siente del sexo contrario. Las otras conductas (homosexualidad o bisexualidad), se consideran tendencias, pues no hay aparentemente nada mental o físico que lo lleve a tomar ese camino, aunque decimos aparentemente, ya que algunos estudios que veremos más adelante parecen mostrar ciertos signos identificativos en los cerebros de este tipo de personas, y además podemos afirmar que estos últimos efectos se producen en el desarrollo de la mente.    

Aunque a lo largo de la historia siempre han existido en mayor o menor grado estos trastornos de conducta o tendencia sexual, da la impresión de que en los últimos tiempos ha habido un auge. Algunos lo achacan a la libertad que se ha conseguido en tiempos modernos, que ha hecho que muchas personas declaren abiertamente su tendencia sexual, cuando antes la ocultaban. Veremos cuanto de cierto hay en esto, y si realmente hay un aumento, sabremos a qué es debido. Pero antes debemos profundizar en las causas de estas disfunciones de lo natural, lo llamaremos así, aunque muchos se oponen a que se considere como una disfunción del cerebro, pero como veremos las pruebas demuestran que sí lo son. Y con esto no decimos que se trate de una enfermedad que se pueda tratar con medicamentos o tratamientos específicos para curarla, no, es algo mucho más complejo.

Para entender un poco el asunto, vamos a centrarnos primero en los individuos englobadas en el llamado transexualismo. No hay duda que existen casos de personas que naciendo con cuerpos masculinos, su “yo interno” les hace sentir un fuerte deseo de ser mujer, o por el contrario, personas físicamente mujeres completas, sienten que sus cerebros desean ser hombres. Y no estamos hablando de los casos de trastornos psicológicos temporales, causados por traumas en la infancia, sino de verdaderas dicotomías entre cuerpo y mente. Se dice que uno de cada 30.000 niños y una de cada 100.000 niñas padecen este trastorno llamado científicamente como disforia de género. Esta situación en ocasiones produce mucho sufrimiento e infelicidad, complejos, por no poder desarrollar el rol que representa en lo físico, depresiones por no sentirse una persona completa e incomprensión por parte de la sociedad, al ser señalados como pervertidos o desviados. 


En la sociedad occidental, se ha pasado de declarar como pervertidos a los que sufrían este tipo de problemas, a convertirlos en valedores de toda clase de derechos médicos. La respuesta médica que por lo general se recomienda en este tipo de situaciones se basa en la premisa siguiente: “Lo que la mente o el “yo cerebral” sienta, es lo que debe predominar, aunque el cuerpo nos lleve por otro camino”. De esa manera en los países más avanzados se lucha por los derechos de los transexuales a recibir la asistencia necesaria para adaptar su cuerpo a su mente, en algunos lugares las operaciones de cambio de sexo están subvencionadas por el estado y son comunes. Y puesto que algunas características propias del transexualismo se observan desde la niñez, se habla incluso de dejar que los niños decidan que sexo elegir, independiente del definido por su cuerpo, y que lo hagan cuando ellos alcancen la madurez suficiente. En otros casos se exige que los padres dejen a sus niños vestir del otro sexo si así se lo plantean, pues consideran que es lo más importante para la felicidad y desarrollo del joven. Al ser una condición cerebral, la disforia de género no se considera enfermedad y por tanto no se busca cura, no hay tratamiento médico que modifique ese deseo. El enfoque psicológico no parece pues muy recomendado como terapia, aunque paradójicamente para realizar una operación de cambio de sexo si se aconseja acudir a psicólogos a fin de preparar la mente al cambio de reasignación de sexo y verificar la idoneidad del tratamiento hormonal. Los que sufren esto se sienten incompletos, pues su mayor deseo es tener un cuerpo opuesto al que tienen, piensan que quedándose con el cuerpo con el que nacieron para ellos es no estar completos, sufren por falta de autoestima. Esto se debe a que la discordancia del cerebro hace ver a la persona, que los miembros sexuales de su cuerpo parezcan ajenos, indeseables, como si no fueran suyos. No es simple atracción por personas de su mismo sexo, sino convertirse en alguien del sexo contrario. 

Por supuesto que también encontramos a personas que afirman que se puede convivir con esa condición y que parecen haber aprendido a adaptar la mente, forzándola a aceptar el cuerpo que tienen con cierto éxito, de la misma manera que un ciego o alguien con cualquier otra tara física consigue, gracias a la flexibilidad y adaptabilidad del cerebro, abrirse camino fortaleciendo otros sentidos, superando así las limitaciones, sin tener que forzar cambios físicos con dolorosas operaciones. Sin embargo, no parece fácil convivir con una fuerza interior que te induce a rechazar el cuerpo natural, precisamente por no sentirse identificado en este, por eso la mayoría optan por el cambio de sexo como la única vía para sentirse completamente satisfechos o felices.

Pero por muy perfeccionada que esté la técnica de conversión en operaciones de cambio de sexo, hay ciertas limitaciones que también producen mucha frustración. Tal vez en un futuro se solventen, pero por el momento no es posible realizar una conversión total, y estas deficiencias, en apariencia no parecen obvias, pero lo son:

El sueño de un hombre que desea ser mujer, es, aparte de verse con cuerpo femenino, también ser capaz de funcionar totalmente como tal. Pero surgen dificultades insuperables, como la que conlleva completar un sistema reproductor completo y funcional. Bien es verdad que ya se habla de trasplantes de útero, vaginal, etc. Pero las complicaciones para hacer que ese útero trasplantado cumpla toda su funcionalidad parecen tan grandes que por el momento no se contempla, pues hay muchos más factores que el simplemente implantar mamas o realizar una vaginoplastia, ya que hay todo un sistema reproductor y endocrino con funcionalidades, tales como la dilatación y lubricación natural, la segregación de hormonas (en este caso estrógenos), por no decir la producción de óvulos y otras cosas que conlleva ser y sentirse mujer.

Por otro lado, se sabe que el órgano sexual femenino funciona como un poderoso mediador de neurotransmisores, que segrega entre otras, dopamina y oxitocina, y que se trata de una conexión cerebral mucho más compleja que en el caso del hombre y existen diferencias entre el orgasmo clitoriano y el de un pene. Esa diferenciación del proceso orgásmico entre un hombre biológico y una mujer biológica, por mucho que se quiera adaptar no se compatibiliza totalmente. Se sabe que la respuesta sexual femenina es impulsada por la parte derecha del hipotálamo, mientras que en los hombres surge en el lado izquierdo. Curiosamente esa función no se ve alterada en el caso de transexuales, sus cuerpos biológicos funcionan de igual manera y el clímax o excitación máxima la efectúan los sensores en conexión con los mismo lados de su hipotálamo, correspondiente al sexo biológico, al parecer los disruptores que en el desarrollo embrionario forzaron su disforia solo afecta a las zonas relacionadas con la identificación. Por ejemplo el sistema endocrino, relacionado con la sexualidad, es más complejo y envuelve varias partes del cerebro y del cuerpo, es imposible cambiar todas sus conexiones.



Otro aspecto interesante a tener en cuenta es la similitud que han hallado ciertos expertos entre la transexualidad y el desorden de identidad integral corporal, conocido este último por sus siglas en inglés “BIID”. Este trastrono mental provoca en los afectados un irresistible deseo por amputarse una o más extremidades del cuerpo, por no considerarlas suyas. Esa obsesión no conlleva solo el deseo de amputación de un brazo o una pierna, sino que en algunos se presenta con un fuerte deseo de convertirse en paralíticos, ciegos, sordos o usar dispositivos ortopédicos. ¿Qué tiene que ver esto con la transexualidad? Aparentemente nada, pero un dato estadístico intrigante muestra que casi un 20% de pacientes de BIID, también se declaran transexuales. Además de un alto porcentaje de homosexuales y bisexuales que sufren de BIID, que llega al 38%. 
 Si bien el área del cerebro donde se produce este extraño trastorno es aún un misterio, tan solo se sospecha de ciertas zonas de la corteza frontal y del lóbulo parietal, partes relacionadas con la sensibilidad en las extremidades, pues según parece, por alguna inexplicable razón no se registra la actividad que debiera mostrar, cuando por ejemplo se golpea suavemente o se acaricia el miembro que se desea amputar. Se cree que al igual que en el caso de transexuales, es innato y probablemente se desarrolle por un fallo en el desarrollo cerebral temprano. Si no se conoce suficientemente sobre este extraño padecimiento es porque pocas personas con ese problema acuden a los investigadores y además se considera un desorden psiquiátrico y no cerebral. No olvidemos, sin embargo que en el caso de los transexuales, también comparten con los del BIID su deseo de amputarse miembros del cuerpo, en este caso pechos o genitales, pues no lo sienten suyos, aunque parece ser, por distintos caminos.

En el 2012 un equipo de investigadores de la UNED, realizaron pruebas en el cerebro de personas transexuales, comparándolas con mujeres y hombres heteros. Las pruebas y resonancias magnéticas mostraron que en las personas transexuales hay ciertos trasvases entre hombres y mujeres, mostrando conexiones en una posición intermedia a la de ambos sexos. Por poner un ejemplo, un hombre que se siente transexual, tiene parte de la corteza subcortical del cerebro más fina, como las mujeres, sin embargo la manera cómo funcionan sus genitales masculinos y su interacción con el cerebro es totalmente masculina, es decir la excitación proviene de la parte izquierda del hipotálamo, como en cualquier hombre. Lo mismo se diría de una mujer transexual, antes de operarse su excitación sexual es como la de una mujer biológica normal, si permitiese tener una relación con un hombre sentiría igual que cualquier mujer, y la parte derecha de su hipotálamo está conectada con sus genitales. De alguna manera su corteza subcortical le hace pensar como un hombre, pero sexualmente sigue sintiendo como una mujer.

El cambio de sexo es por tanto, como dar una apariencia, pero no logra feminizar o masculinizar completamente a los afectados. Dejando a esa persona en cierto modo incompleta y dependiendo toda su vida de fármacos reguladores hormonales que con uso prolongado provocan graves efectos secundarios en hígado y páncreas.

Por otro lado, existen efectos secundarios y dificultades físicas importantes en operaciones de reasignación de sexo de hombre a mujer, entre otras, cerramientos vaginales, fístulas, retención de orina, infecciones recurrentes. En el caso de una mujer que quiere convertirse en hombre, las dificultades son mayores pues no hay posibilidad de recrear una erección natural, no se puede imitar una eyaculación, y no es posible crear un pene con la mínima sensibilidad, (aunque se trabaja en al Metaidoplastia, aumento anormal del del clítoris), tampoco se logra un funcionamiento de unos testículos para la generación de esperma, aparte de la dependencia del paciente a fármacos que provocan hipertensión y que se relacionan a menudo con enfermedades del corazón. Parecen problemas menores, pero las estadísticas indican que el número de suicidios en personas reasignadas sexualmente es más alto que en otros grupos, incluyendo los transgénero no operados, que si bien no se ha profundizado en las causas, puede ser indicativo de cierta frustración por no alcanzar la satisfacción completa o la absoluta adaptación psicológica. Añadir también que un porcentaje de operados (se habla actualmente de un 5%), se arrepienten una vez se ha realizado la operación y sufren aún más, pues desean revertir la operación, acabando algunos bajo graves depresiones. 

Todo esto llevó a la doctora Mirelle E. Brambila, autora del libro Higiene Mental a decir lo siguiente, con respecto a los métodos de reasignación de sexo:  considerando que la cirugía de reasignación de sexo por igual en el varón y mujer transexual, no es considerada como prioritaria y es solo como una opción muy personal de cada transexual, por lo tanto no es considerada como esencial, básica o prioritaria, para la resolución de este trastorno, plenamente demostrado está que las cirugías de cualquier tipo que se practique en la persona transexual, no cura la transexualidad y además también está bien demostrado, que todas estas cirugías que se ofrecen como la de inversión de pene y faloplastias, no se consideran fisiológicas en su gran mayoría, solo son cosméticas y llenas de complicaciones, ya que carecen de la fisiología natural con la que nació cada individuo, es decir su propio sexo. (Mitos y realidades en la cirugía genital en transexuales, Higiene mental- Mireille E. Brambila)

La medicina y la ciencia reconocen que pese a los avances en materia de cambio o reasignación de sexo, un hombre convertido en mujer, nunca podrá cumplir un papel completo, como por ejemplo ser madre. La dificultad radica, aunque no lo parezca, no en la implantación del aparato reproductor femenino en sí, sino en los mecanismos que hacen funcionar este sistema. Debe haber una conexión entre los centros de control mente-cuerpo para lograr hacer que el sistema actúe de manera natural, y que no dependa excesivamente de las inyecciones hormonales. Y hay que tener en cuenta que no todos los centros de control están en nuestra cabeza. Algunos expertos hablan de que en realidad tenemos varios cerebros, aparte de los tres que tenemos en la cabeza (Neocortex, límbico y reptil), hay otros dispersados en distintas partes del cuerpo. Uno de ellos se encuentra ubicado al final del tracto digestivo, en el Colon, pues los movimientos de los intestinos no dependen de un punto concreto del cerebro, sino que es controlado por un sistema nervioso llamado SNE. Lo mismo podría ocurrir con otras partes del cuerpo que parecen funcionar en independencia a nuestro sistema central. Todos estos supuestos cerebros, por supuesto se comunicarían con el principal procesador a través del sistema nervioso periférico, así el cerebro principal de alguna forma sabe o supervisa a los demás. Ciertas pruebas con personas tetrapléjicas o con lesiones medulares importantes, mostraba como hombres pueden tener erecciones o eyaculaciones y como las mujeres pueden concebir hijos, tener contracciones, aunque no sientan el dolor de estas, como si estos fueran sistemas diferenciados o controlados por un sistema separado. Suponiendo que esto fuera así, eso significaría que en el caso de un transexual hay una ruptura entre ese cerebro genital y el central y solo existe cierta comunicación con alguna parte de este (hipotálamo), pero no con la corteza subcortical. Es una hipótesis aún no demostrada, pero ayudaría a entender por qué la infelicidad de algunas personas que a pesar de operarse para adaptar su cuerpo a su percepción cerebral no se sienten totalmente felices o satisfechas.  

Esto nos lleva a plantear de nuevo una cuestión espinosa y quizás poco comprendida por la sociedad actual. ¿Por qué la insistencia en hacer que la mente decida el sexo y no hacer que esta reconozca y se adapte a su propia naturaleza corporal? Si en vez de operar a una persona para cambiarla de sexo, se pudiera “operar” por así decirlo, la parte mental y configurar su cerebro de tal modo que se adapte a las necesidades y formas de su cuerpo, tal vez se evitarían las complicaciones antes mencionadas. Pero parece que esto no está “éticamente” bien visto, ni tampoco parece que las investigaciones vayan por ese camino. ¿Se puede modificar la corteza subcortical de una persona? Tocar la mente o forma de pensar o sentir se considera una intervención inapropiada hoy día, pues entra en el ámbito personal, toca el “yo”, más interior.

Volvamos a la homosexualidad, aquí la cuestión es aún más controvertida, pues hay serias dudas con respecto a si estamos ante una tendencia innata, o una elección natural, o influenciada por experiencias traumáticas en la infancia. (En el capítulo correspondiente a las disruptores sexuales se aborda esta cuestión más a fondo). A diferencia de los transexuales, los homosexuales no tienen el deseo de cambiar de sexo, hasta cierto grado se pueden sentir satisfechos con su cuerpo, pero sienten una irresistible atracción por las personas de su mismo sexo, en diferentes escalas, y según la mayor parte de los entrevistados estas tendencias vinieron con ellos, algunos recuerdan haberse vestido de niñas a escondidas, o niñas que les gustaba jugar a juegos de niños, sin sentirse totalmente del sexo contrario. Como si estuvieran a medio camino entra una persona normal y un transexual. De la información y los estudios aportados por prestigiosos neurólogos como el doctor Dick Swaab, se desprende que puede haber una escala que va desde el heterosexual hasta el transexual, quedando en el centro los bisexuales, y más cerca de los heteros, los homosexuales en diferentes niveles, (veáse el capítulo sobre disforias sexuales).

Por esa razón tampoco la homosexualidad se considera algo que, se pueda “curar” por métodos psicológicos o mediante tratamiento médico alguno. Sencillamente no parece que se pueda extirpar de la mente así como así, aunque sea más controlable que la transexualidad. Eso sí, hay que aceptar una premisa realista, que no estamos preparados físicamente para este tipo de prácticas, como no lo estamos para volar, por mucho que inventemos mecanismos para hacerlo. El cuerpo masculino no está diseñado para ciertas prácticas comunes en la homosexualidad que suelen provocar desgarros, infecciones, y otras dificultades de las que apenas se habla, como el cáncer de ano, pero que están directamente relacionadas con las prácticas de homosexuales hombres. También se puede afirmar que el cuerpo femenino no está preparado para una relación sexual entre dos mujeres, y aunque el riesgo puede parecer menor, estudios recientes muestran una mayor propensión a contraer el VPH (Virus del Papiloma humano), aparte de mayor padecimiento de infecciones bucales, herpes, que en mujeres heterosexuales. Hay que añadir a los inconvenientes mencionados, las estadísticas en psiquiatría que muestran una mayor propensión de enfermedades mentales entre los homosexuales, a las cuales los expertos no pueden dar aún una explicación, pero los hechos son así.

Por otro lado, hay quien afirma que, sobre todo en caso de mujeres, realmente no todas las que forman parejas con personas de su mismo sexo sienten esa atracción, y que simplemente se dejan seducir por otra fémina que sí lo siente, como contrapartida a la desconfianza y maltrato por parte del sexo opuesto, y que por lo general su pareja en ese caso hace de macho, mucho más comprensivo y acorde con sus sentimientos. Independientemente de que este dato sea cierto o no, efectivamente dentro de las relaciones homosexuales, existen roles. Así ocurre, por ejemplo en el caso de los hombres homosexuales, aquellos que prefieren ser activos y otros que se decantan por ser pasivos, los primeros están más cercanos a su naturaleza. Según la teoría de los niveles sexuales, los pasivos están más cerca de la transexualidad y otros en un punto central, como los bisexuales o los versátiles que intercambian roles. Así de la misma manera las mujeres más cercanas al bisexualismo prefieren tomar el rol de fémina ante las más cercanas al otro extremo que se sienten dominantes y toman el rol de macho y por tanto se acercan más al transexualismo.

Quizás no sea fácil de aceptar esta tesis que aquí exponemos, pero está claro que la mente juega un papel fundamental en la conducta sexual en diferentes grados, en ocasiones más que el propio cuerpo, y esa dicotomía mente-cuerpo es la que provoca tendencias tan dispares.

Ahora bien ¿a qué se debe la disforia de género? ¿Se puede evitar? ¿Qué la provoca? ¿Nacemos con ella o es innata o natural? 

En el entrada sobre los disruptores endocrinos se pueden ver las pruebas que demuestran que la homosexualidad y la transexualidad viene dada por el desarrollo prenatal del cerebro, afectada por ciertas sustancias. Ahora bien ¿Puede también venir causada por otro tipo de desórdenes posteriores a los tres meses de vida? 


¿Es la homosexualidad adquirida o natural?

Si queremos hablar de homosexualidad adquirida esta solo se relaciona con los niveles del 2 al 4. (véase lista de niveles de disforia en capítulo 15). En algunos casos se dan en circunstancias de convivencia o ausencia de personas del sexo opuesto de manera forzada. Vamos a poner un ejemplo, los casos de curas o profesores de gimnasia acusados de abuso de menores. Imaginemos una típica situación, como la de los curas pederastas, que dirigían un orfanato. Ellos vivían en un ambiente de abstinencia sexual obligada por su religión, rodeados de niños vulnerables y sumisos, y por supuesto que no hay excusa ni justificación para tales actos, pero estas situaciones se convierten en caldo de cultivo para facilitar el abuso de poder y si se da el caso de que alguno de estos curas tuviese tendencias homosexuales u otras filias adquiridas en el desarrollo uterino, o simplemente buscara satisfacer sus necesidades sexuales en personas con las cuales se siente suficientemente superior para no pedir consentimiento, fácilmente puede verse tentado a abusar, se sienten con la suficiente confianza de que no le van a delatar y por tanto, abusan sexualmente de los niños. ¿Consecuencias? Los curas se convierten en pedófilos y algunos niños, con el tiempo, también en abusadores o por el contrario en homosexuales. ¿Por qué el contraste de resultados sufriendo los mismos abusos? Lo que probablemente sucede es que los niños en los niveles por encima del 2 se pueden convertir en homosexuales y los del nivel 0 o 1 pasen a engrosar las filas de posibles pedófilos si no se atiende psicológicamente a tiempo a estos. Por supuesto, no queremos decir aquí que no puede haber casos que superen el trauma y se conviertan en hombres comunes, padres ejemplares o personas heterosexuales. Pero en un gran porcentaje parece que inevitablemente si queda afectado. 

En el caso de niñas, si un padre o un profesor abusa de ellas en la infancia, es fácil que desarrollen actitudes contrapuestas cuando sean adultas, (si no se les trata psicológicamente), las que estén por encima del nivel 2 pueden convertirse en lesbianas, pues desarrollan odio hacia los hombres, o si están en niveles cercanos a 0 se conviertan en promiscuas, cuando su mente intenta recrear inconscientemente lo que vivieron, aunque aquello les suponga sufrimiento. Así, niñas y niños “normales”, por decirlo de alguna manera pueden sufrir consecuencias graves en su comportamiento futuro. En Ambos casos se deben considerar efectos colaterales al abuso, pero por lo general se castiga más el de los niños varones, por obvias razones, pues corren el riesgo de convertirse en abusadores compulsivos o consumidores de pornografía infantil, en la edad adulta. 

Repetimos, lo que aquí pretendemos hacer es un estudio científico de las posibles causas que llevan a este tipo de conductas, que aunque los lobbys LGTBI defienden como naturales, la ciencia no es tan contundente en darles la razón, sobre todo a la hora de explicar si esto es algo que la naturaleza pueda defender como útil para la supervivencia o si por el contrario, se trata de un defecto, accidente o descontrol más, ocurrido en el desarrollo fetal. 

En el tema 15 se profundiza en las posibles causas de las disforias sexuales en la actualidad. Es muy posible que antaño, cuando el organismo no estuviese tan expuesto a sustancias tóxicas que actuaran como disruptores endocrinos, hubiese otras circunstancias que provocasen en menor medida efectos similares, ya vimos que el cortisol se produce de forma natural pero su producción puede verse alterada por estrés u otros efectos externos y no necesariamente por sustancias químicas administradas o consumidas. 

Antiguamente no estábamos libres de productos contaminantes o que produjeran efectos secundarios en el organismo. Ciertos materiales, como el cobre, aluminio, y otros metales utilizados en vasos, platos o elementos para cocinar se ha demostrado que eran altamente tóxicos y en la actualidad algunos han dejado de utilizarse. Así que de alguna manera siempre hemos estado expuestos en mayor o menor grado a sustancias que se pudieran convertir en disruptores endocrinos y que bajo determinadas circunstancias del embarazo provocasen efectos en el desarrollo cerebral embrionario. Por supuesto, los efectos se daban en menor medida que ahora, eso queda demostrado por la diferencia  que se observa en cuando al índice de homosexualidad o transexualidad en occidente o en países industrializados comparándola con culturas de zonas más remotas o aisladas. En culturas más primitivas apenas se conoce la transexualidad y la homosexualidad, queda demostrado en las tribus amazónicas, donde parece que no existe, no conocen un término que exprese ese tipo de conducta. Lo mismo se puede decir de las muchas tribus selváticas de África, donde la heterosexualidad es la tónica general. 


No obstante, algunos señalan ciertas costumbres de algunas tribus como los Sambia o los Etoro (Papua Nueva Guinea), con rituales de preparación sexual entre hombres mayores y jóvenes, y esto lo califican como rituales de preferencia homosexual, pero no lo es, pues en realidad se trata de ritos de iniciación mezclados con una forma de religiosidad por quienes consideran la sustancia seminal del hombre como sagrada. Pero nada tiene que ver con su atracción o identidad sexual, los roles sexuales en dichas tribus están bien definidos y aunque parezca difícil de entender, ciertas prácticas sodomitas y vejatorias desde nuestro punto de vista, ellos lo entienden como métodos de masculinizar a los jóvenes. 

 En la antigüedad tanto en oriente medio, como en la Grecia clásica o bajo el imperio romano, la homosexualidad se consideraba una alternativa más, pero solo en las altas esferas y bajo la privacidad más interior. No era, ni de lejos tan común como lo puede ser ahora. Por eso, es posible que la mayoría de los homosexuales del pasado fueran del nivel 2 al 5, pero muy pocos de niveles más altos. Mientras que en la actualidad se dan más casos de niveles 5 al 8, los cuales desde niños ya demuestran su diversidad y tendencia.  

Por otro lado algunos señalan que la homosexualidad es algo programado en la naturaleza humana, así como lo pueden ser otro tipo de conductas, es más intentan ver la analogía con el hombre en determinadas conductas entre los animales.  

No negamos que ciertas conductas sexuales en el mundo animal nos recuerdan a la homosexualidad. Se dan en diferentes especies, pero en la mayoría de los casos, no se trata de específicas preferencias de copular con miembros del mismo sexo, sino tan solo de juegos estratégicos, como el caso de los bonobos, macacos y otras especies de simios, en los que machos retozaban con otros machos y hembras se rozaban con otras hembras, pero luego esos mismos no tienen reparo en buscar a sus contrarios con el fin de  reproducirse. Se trata en algunos casos de juegos, en otros de mecanismos para demostrar dominio de manada, otras lo hacen en condiciones de escasez de miembros de otro sexo, o falta total, (como los toros de lidia), otras lo hacen para despertar el interés sexual. Las investigaciones de Paul Vasey de la universidad de Lathbridge, Canadá, llevaron a la conclusión que en realidad muy pocas especies lo hacen con frecuencia suficiente para determinar que fuera una práctica común. Incluso en algunas especies de escarabajo se descubrió que algunos machos montan a otros, depositando su esperma encima del cuerpo de estos, así se aseguran que si ese otro macho copula con una hembra, ese esperma pueda llegarle antes.

    Solamente se conocen dos especies en las que se produce una relación entre mismos géneros de manera permanente  o estable. Una de ellas es la oveja domesticada, en la que se informa de casos de emparejamientos del mismo sexo de por vida.
Aunque existen dudas al respecto, pues es posible que la forma en que son criadas, limitando el número de machos, con el fin de producir hembras que a la vez se reproduzcan con mayor frecuencia, ha requerido de una selección forzosa en las granjas, lo que puede haber llegado a producir machos que se crean hembras. En el proceso de cría, se suele recomendar que se proporcione una alimentación “especialmente nutritiva” a la oveja durante los cincuenta últimos días de gestación, a fin de producir crías sanas y vigorosas y producir leche abundante en la lactancia. En muchas ganaderías se utilizan pienso con oxitetraciclina o clortetracilina, además de cocciodiostatos y otros medicamentos. También se observa esto en el ganado vacuno, vacas intentando montar a otras vacas cuando entran en celo, aunque los expertos consultados consideran normal ese tipo de conducta, coincide también más en animales en granjas cerradas, alimentadas con piensos y preparados alimenticios “especiales”, como los antes mencionados. ¿Afecta esa alimentación “especial” al desarrollo de las crías y su futura sexualidad? 

En cualquier caso, la otra especie en la que la homosexualidad verdadera si se ha documentado es la humana y existen razones para creer que de alguna manera hay cierta relación en el aumento de personas con esta tendencia y la alimentación del ganado vacuno y lanar. En el capítulo relacionado con los disruptores endocrinos se explicará más a fondo esta relación. 




Bibliografía y lecturas recomendadas

-Somos nuestro cerebro - Dick Swaab -Plataforma editorial
-Diferenciación sexual del Cerebro – Revista ciencia – Alonso Fernández, Sandra Olvera y Nallely García.

-El cerebro de las personas transexuales – Verónica Maza - 
-Existen realmente los animales homosexuales - Ciencia BBC Mundo - 16-2-2015
-Diferenciación sexual del cerebro – Damasia Becú de Villalobos – IBME, CONICET, Buenos Aires
-El cerebro sexual - Simón LeVay - Alianza editorial
-Descubriendo la sexualidad humana - Janice Baldwin, John Baldwin y Simon LeVay, - ISBN 978-1605352756




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